El temor de los japoneses

Ya se acerca el día de Halloween, una celebración de origen irlandés en la que deambulan unos cuantos fantasmillas, sin embargo por aquellos lugares orientales también aparecen algunos monstruitos que causan temor a los japoneses, por ello en este post compartiré con ustedes esta curiosa historia.
Probablemente muchos de nosotros hayamos escuchado alguna vez la palabra “yōkai” debido a que actualmente en la TV están transmitiendo una serie que ha tenido mucho boom en los jóvenes llamada “Yo-Kai Watch”, pero ¿Sabes qué significa dicha palabra?, pues, bien es sabido que en el folclor japonés hay muchos espíritus, demonios, dioses o deidades y estos son llamados “Yōkai”  (妖怪), escrito con los kanjis "sospechoso" () y "aparición" (), por lo que se puede traducir como “sospechosa aparición”.
Desde la antigüedad estas imágenes han sido utilizadas para asustar y como manera de darle alguna denominación a las cosas que ellos consideran sobrenaturales o para esos fenómenos inexplicables, convirtiéndolos en supersticiones. Aun así, los mitos de los Yōkai han permanecido durante siglos en Japón como parte fundamental de su cultura, por lo que no es nada extraño ver pinturas de estos o estatuas en las casas, calles o locales, o que existan series japonesas en donde se les de algún papel o protagonismo en la historia.
Una leyenda que me llamó la atención fue la de las Futakuchi-onna, mujeres que han sido malditas por los espíritus haciendo que en la parte trasera de sus cabezas posean una segunda boca que normalmente se oculta por sus cabellos, sin embargo les murmura y las obliga a traer comida porque de lo contario atormentará a su dueña, gritando o chillando.

La leyenda:

"Esta historia, ha pasado de generación en generación como una viva advertencia de los castigos sobrenaturales que puede recibir la tacañería, cuenta que, hace mucho tiempo, vivía en un pueblo un artesano muy trabajador, que estaba aún en edad de tener mujer e hijos, y gozaba de cierta holgura económica porque había renunciado a casarse, no porque fuera muy religioso o porque no le gustaran las mujeres, sino porque le producía una profunda aversión la idea de tener que mantener a una mujer, de tener que pagar una boca más… Su dinero era su dinero, era el dinero que conseguía con su esfuerzo, y no quería compartirlo con nadie, pues deseaba poder disfrutarlo él solo, comprándose buena ropa y cosas que, de tener una boca que mantener, seguramente no podría gozar.
No obstante, todo cambió cuando, cierto día, en el pueblo apareció una nueva habitante, que vino sola, sin esposo, padres, hijos, o tipo alguno de compañía. Esta mujer tenía la piel tersa, blanca como la nieve, los cabellos largos y sedosos, y el rostro inundado por una belleza digna de ser retratada por la mano de un hábil pintor. Apenas la vio, el artesano quedó embelesado; sin embargo, lo que realmente le hizo desearla con intensidad y quererla para sí, fue el enterarse, tras un par de días, que la mujer comía sumamente poco, tan poco que, tenerla en casa, acarrearía un gasto económico insignificante en comparación con todo lo bueno que podría obtener con su compañía. Así, el artesano empezó cortejarla hasta que finalmente la convenció para casarse y la llevó a vivir con él.
Inicialmente todo fue alegría, pues la mujer era una compañera agradable y entretenida, y además el artesano veía con gran complacencia que, efectivamente, eran muy ciertos los rumores sobre lo poco que comía. No obstante, el tiempo pasó y el hombre se percató de que sus reservas de alimentos estaban disminuyendo de manera misteriosa, y en cantidad tal que era como si, además de él y la mujer, viviesen dos personas más en la casa, aunque sabía que no habían entrado a robarle porque, justamente por lo aferrado que era a sus posesiones, cuidaba muy bien que nadie entrara a su hogar. Entonces: ¿acaso su esposa se estaba comiendo la reserva cuando él no la veía, cuando dormía o no estaba?… Eso le resultaba un poco difícil de creer porque ella seguía siendo tan delgada como cuando la conoció, y ya debería estar como un luchador de sumo si comiese tanto; sin embargo, se decidió a espiarla para disipar sospechas, de modo que, cierta mañana, fingió ir al trabajo y se quedó escondido en casa…
Lo que vio lo dejó sin palabras, lo horrorizó, y habría gritado si no fuese porque temió perder su vida. Y es que allí, en la cama donde durmió tantas noches con aquella mujer de piel blanca como el marfil, yacía una cosa horrenda, inimaginable, que él no alcanzaba a entender cómo no pudo sentir con sus manos al acariciarle la cabeza a su esposa… Era una boca, con lengua, dientes y labios, una boca viviente que su mujer tenía en la parte de atrás de la cabeza, por encima de la nuca. Esta boca murmuraba cosas que él no alcanzaba a oír, pero creyó que eran acusaciones porque su mujer lloraba con cara de remordimiento, mientras la boca controlaba los cabellos de ella como si fuesen tentáculos, hasta que la mujer se levantó y se acercó a un plato de arroz, y entonces la boca viviente usó los cabellos para agarrar una cuchara y engullir con voracidad la comida…
Fue lo más espantoso que jamás vio en toda su existencia, y unos días después pensó en divorciarse de su esposa, pero la segunda boca intuyó el plan y lo sorprendió en la bañera, llevándoselo a las montañas para matarlo, aunque allí él consiguió escapar y se escondió entre las hierbas y el agua verdosa de un pantano, donde permaneció hasta que su endemoniada mujer desistió y se marchó. Esta es la versión más conocida del final: en la otra, la mujer lo encuentra y lo asesina, devorándole el rostro lentamente con su boca secundaria…"
Particularmente conocer esta leyenda me ha permitido conocer un poco más el imaginario cultural japonés, ahora bien, en este mundo globalizado no me extrañaría ver en Halloween una máscara con una boca escalofriante en la parte de atrás…

 ✦ SPEEDPAINT de la ilustración✦


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